Qué es el Triangulo Dramático
“No me da la vida”. ¿Cuántas veces lo has escuchado? ¿Cuántas veces lo has dicho? Esta simple frase, que ya se ha convertido en viral, nos puede dar mucha información sobre cuál es el motivo de que tengamos la sensación de que nos faltan horas en el día.
Una de las razones puede ser la hiperestimulación que tenemos en nuestra sociedad actual que nos provoca el deseo de querer hacer muchas más cosas de las que podemos en el tiempo que disponemos. Esto puede llevarnos a tener una visión demasiado optimista de nuestras 24 horas.
Otro motivo muy frecuente es sentirnos responsables del bienestar de los demás y dedicar gran parte de nuestro tiempo a resolver problemas ajenos. Si piensas que tu falta de tiempo personal se debe a este caso te doy la bienvenida al club del rol de Salvador o Salvadora del Triángulo Dramático de Karpman, un modelo que se aplica en la psicoterapia para comprender y analizar problemas de carácter interpersonal.
El psiquiatra estadounidense Stephen Karpman escribió en 1968 los fundamentos de este teorema en el artículo “Cuentos de hadas y análisis del guión sobre el drama”. Partió de la idea de que los conflictos interpersonales surgen como consecuencia de procesos psicológicos internos que motivan a las personas a adoptar algunos roles problemáticos.
Karpman teorizó tres roles básicos que encontramos en los cuentos de hadas: salvador, perseguidor y víctima y fueron los utilizó para estructurar el triángulo.
El poder de la mente inconsciente
Ya sabemos por la Neurociencia que las decisiones que tomamos diariamente se deben en un 95% a nuestra mente inconsciente. Es decir, nuestra mente ha guardado en el disco duro un montón de información aunque no la recordemos.
Si hacemos un símil con las obras pertenecientes a la colección del Museo de Prado podemos considerar nuestra mente consciente como las 1.700 piezas que podemos admirar en el edificio de Villanueva en Madrid. Sin embargo, el verdadero tesoro y lo que hace que sea una de las pinacotecas más importantes del mundo son las 27.000 obras custodiadas en los almacenes, que sería nuestra mente inconsciente.
Si volvemos a cómo funciona nuestra mente, durante toda nuestra experiencia vital hemos escuchado en nuestra casa, en el colegio, en la sociedad en la que vivimos mensajes y los hemos aprendido e interiorizado quedándose registrados en nuestro cerebro inconsciente. Es nuestro inmenso almacén donde guardamos toda esta información sin dudar de su fiabilidad y de su valor. Y que convertimos de manera casi automática en nuestras creencias.
El problema no es tanto haber recibido este aprendizaje sino el no ser conscientes de que estas creencias, ya sean limitantes o potenciadoras, son responsables de todas las decisiones que tomamos en nuestra vida.
Observar nuestras acciones nos ayudan a entender nuestra tendencia para interpretar el rol de salvador y en el caso de lo que sea, abandonar las dinámicas que se crean. Es importante salirse de este triangulo ya que la forma en que las personas se relacionan dentro de él no es saludable.
El rol de Salvador
Este es uno de los tres roles que conforman al triángulo y tiene como misión principal ayudar al resto, incluso sin que se lo soliciten. Su papel es fomentar la dependencia y considerarse útil para el entorno, ya sea personal o profesional. Lo que realmente sorprende es que, pese a buscar ayudar a otros, la persona salvadora evita resolver sus propios problemas o necesidades personales.
Según mi experiencia, este rol me lo he encontrado mucho más frecuentemente en las sesiones de coaching con mujeres debido sobre todo al papel que durante siglos hemos tenido en la sociedad y en el hogar.
Hasta hace no tanto, (y en algunos sitios se sigue dando) las mujeres eran las encargadas en exclusiva del cuidado de la casa y de todos los miembros de la familia. La importancia de su existencia se veía sobre todo por sus responsabilidades en estas áreas. Estos roles están en cambio desde hace décadas aunque los sesgos continúan presentes en nuestra sociedad.
Reconocer la tendencia
Cuando describo las características de las personas con esta preferencia y las consecuencias negativas para ambos lados, suelo escuchar frases como “si en verdad no me importa”, “lo hago con gusto”, “si no lo hago yo, no lo hace nadie” y “es cuestión de generosidad”, entre otras.
Las personas que adoptan este rol en el triángulo dramático tienden a presentar las siguientes características:
1.- Dependencia emocional: somos seres sociales y necesitamos el contacto de las personas que queremos. Hasta aquí todo correcto.
Sin embargo, seremos dependiente emocionales si llevamos esta necesidad a un grado excesivo, y buscamos estar en contacto permanente y recibir afecto de las personas que nos rodean.
Salvamos a los demás para tener esta atención y cariño constante y puede ocasionar problemas ya que la relación, cualquiera que sea, pierde su estabilidad y equilibrio natural.
2.- Tendencia a recurrir al sacrificio y a sentir culpa
Las personas salvadoras actúan en base al sentimiento de culpa que adquieren al pensar que la felicidad de los demás es responsabilidad suya.
Tienden a proteger de manera excesiva a quienes son importante para ellas y les evitan todo aquello que puede generarles algún tipo de daño, ya sea emocional o física. Esto lleva en caso de las madres a una sobreprotección hacia los hijos que los convierten en perfectos incapacitados.
3.-Buscan la aprobación de los demás.
Aparte del cariño de los demás, las personalidades salvadoras buscan la aprobación constante de los demás, pues eso es una muestra más de atención hacia ellas.
4.-Preocupación excesiva por los deseos y las necesidades del entorno.
Es muy frecuente que identifiquen problemas en la vida de los demás que no existen o simplemente que los exageren. Es una manera de que cuenten con su ayuda en todo momento.
5.-Tendencia a huir del conflicto, llegando incluso a esconder premeditadamente una situación conflictiva.
Recordemos que la principal función de este rol es hacer feliz a los demás. Cuando surge un conflicto, prefieren asumir la culpa y así anular el malestar de la otra persona que vuelve a sentirse bien con ella.
Cómo dejar de ejercerlo
Último viernes del mes de junio. Son las 20.00 horas y, tras de una semana agotadora de trabajo vuelvo a casa. Estoy sentada en el Aeropuerto de Barajas esperando el avión que me lleve a Jerez.
Se sienta a mi lado un hombre joven y realiza una llamada telefónica. Es inevitable escuchar la conversación. Habla con sus amigos que están ya en Cádiz buscando un restaurante donde cenar.
Mientras el joven seguía hablando con sus amigos yo ya estaba buscando soluciones para un problema que yo me había inventado.
Estaba a punto de volver a ejercer de salvadora cuando mi pepito grillo me animó a utilizar dos de mis herramientas preferidas de inteligencia emocional: la pausa y la observación desde otro punto de vista para poder hacer un análisis que me llevó a las siguientes conclusiones:
1.- No conocía de nada a esa persona y podría malinterpretar mi intención.
2.- No me había pedido ayuda porque seguramente no se sentía agobiado ni preocupado.
3.- No tenía evidencias de que hubiera ninguna situación que resolver. Buscar un restaurante con calidad es algo bastante sencillo con las redes sociales.
4.- Iba a invadir el espacio y la intimidad de esa persona y era muy probable que provocara una situación cuanto menos incómoda.
Me levanté y decidí no compartirle mis ideas sobre los mejores restaurantes de la ciudad en la que vivo como un ejercicio de cambio en mi rol predominante.
Una vez que somos conscientes de nuestro rol y con la determinación de salir de ese punto del triángulo dramático podemos trabajar los siguientes aspectos:
1.- Confiar en la capacidad de otras personas y permitir que resuelvan sus problemas.
Esto se puede lograr entendiendo que la vida es una sucesión de problemas que todas las personas deben enfrentar por sí mismas para aprender de ellos.
Eso no quiere decir que no ayudemos a los demás, sino que dejemos que nos pidan ellos ayuda. Si el joven del aeropuerto se hubiera dirigido a mí, estoy segura de que le hubiera recomendado algún restaurante.
2.- Autocuidado
Es absolutamente imprescindible el autocuidado personal. Algo que aprendí (de nuevo) en un avión. Si viajamos con un niño o una persona dependiente, en caso de emergencia debes tú ser la primera en colocarte la mascarilla de oxígeno y no el niño. De esta manera aseguras que estarás en condiciones de ayudar.
Salir de este juego implica empezar a hacerse cargo de las propias necesidades, empezar a mirarte y conocerse mejor para asumir las propias carencias. Querer ayudar un poco menos al otro nos permite darnos un espacio propio.
3.- Practicar la empatía
Querer solucionar los problemas de los demás a nuestra manera no significa que mostremos empatía.
Es importante no confundir la empatía (capacidad de ponernos en la piel del otro, acompañarlo y ayudarlo a solucionar sus conflictos a su propia manera sin juicio) con la simpatía (solucionar los problemas de los demás desde nuestra propia visión)
Consecuencias negativas de permanecer en el rol
Las consecuencias de quedarnos siempre en este rol son muy negativas y destaco las tres que para mí son determinantes.
1.- Invadir el espacio y la intimidad.
2.- Menospreciar el valor de los demás a resolver sus situaciones.
3.- Sacrificio estéril por nuestra parte y una mala autoestima.
Podemos seguir ayudando a los otros, aportando nuestras ideas, colaborando desde otro lugar que implique más respeto y empatía y eso nos dará mucho más valor de cara a los demás.
Cuida de ti para cuidar de los demás
Artículo publicado en Mujeres Valientes